Mucho antes de que la ciencia moderna hablara de la psilocibina o de la neuroplasticidad, los pueblos originarios de Mesoamérica ya conocían el poder de los hongos sagrados. Entre ellos, el más reverenciado era el Teonanácatl, palabra náhuatl que significa “carne de los dioses”.
Aunque el término proviene de la lengua mexica (azteca), el uso ritual de estos hongos sagrados también estuvo presente entre los mayas, quienes los consideraban puentes entre el mundo humano y el espiritual. Para ellos, el Teonanácatl no era una simple planta visionaria: era un maestro vivo que revelaba mensajes de los dioses y los antepasados.
Un sacramento sagrado para conectar con lo divino
Los mayas, al igual que otros pueblos mesoamericanos, tenían una cosmovisión profundamente espiritual donde todo en la naturaleza —plantas, animales, piedras y astros— poseía energía y conciencia. En ese contexto, los hongos sagrados eran vistos como manifestaciones directas del espíritu divino.
Durante ceremonias dirigidas por sacerdotes o chamanes (ajq’ij o ahmen), el Teonanácatl era consumido para abrir las puertas del mundo espiritual. Las visiones resultantes se interpretaban como mensajes de los dioses, que podían guiar decisiones comunitarias, sanar enfermedades o resolver conflictos.
Estas experiencias no se tomaban a la ligera: estaban acompañadas por cantos, incienso, copal, música de tambores y rezos colectivos. El ambiente ceremonial creaba un espacio de respeto, contención y propósito.
El viaje sagrado: entre la tierra y el cielo
El consumo de Teonanácatl permitía al chamán o al participante trascender los límites de la percepción ordinaria. Según los códices y los relatos recopilados tras la conquista, los mayas y mexicas describían visiones de geometrías, colores y seres luminosos que simbolizaban fuerzas de la naturaleza o deidades.
Estas experiencias visionarias eran consideradas herramientas de conocimiento: permitían ver “más allá del velo”, comprender el orden cósmico y sanar el alma.
En muchos rituales, el objetivo no era “viajar” o tener una experiencia estética, sino recordar el origen espiritual del ser humano y reforzar la conexión con la madre tierra, los ancestros y los ciclos naturales.
Sabiduría ancestral silenciada y redescubierta
Con la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, el uso del Teonanácatl fue severamente reprimido. Las autoridades coloniales lo consideraron una práctica pagana y lo asociaron con la brujería. Muchos chamanes y guardianes del conocimiento fueron perseguidos o forzados a ocultar sus prácticas.
Aun así, en regiones rurales de Oaxaca, Chiapas y Guatemala, los rituales con hongos sagrados sobrevivieron en secreto, transmitidos de generación en generación.
Siglos después, a mediados del siglo XX, investigadoras como María Sabina, sabia mazateca, trajeron nuevamente este conocimiento al mundo moderno. Ella no inventó nada nuevo: simplemente recordó al mundo una tradición viva que los mayas y sus descendientes habían mantenido por amor y respeto a la tierra.
El legado vivo del Teonanácatl
Hoy, los estudios científicos sobre la psilocibina confirman lo que los mayas ya intuían: que estas plantas sagradas pueden sanar la mente, expandir la conciencia y reconectarnos con lo esencial.
El Teonanácatl no era solo un hongo; era un puente entre mundos, una medicina espiritual y una herramienta para recordar que lo divino habita dentro de cada ser.
En palabras de los antiguos: “El que come la carne de los dioses, se encuentra con su alma.”

